En Chicago hace frío.
Pero no frío de viruji, ni de tengo los pies como cubitos de hielo.
No, frío de “ya no hay goteras, hay estalactitas” y frío de quemar las vías del tren (literalmente, prender fuego a las vías del tren) para que puedan pasar los propios trenes.
Hace más frío que en la Antártida.
Se han alcanzado máximas (o mínimas, según se mire) de 45 grados bajo cero.

Ante semejante ola de frío ártico, quienes más sufren son tres estamentos poblacionales: los bebés, los ancianos y la gente sin hogar.
Para estos últimos, la ciudad tenía un plan: estaban alojados en un campamento en el barrio de South Loop.

La principal fuente de calor en este campamento eran las bombonas de propano, que eran donadas por ciudadanos.
El problema es que las bombonas, cuando son de propano, pierden dos de sus letras y son auténticas bombas.
Y así fue, que una estaba cerca de una estufa y reventó.

En ese punto, los sintecho de Chicago estaban a la intemperie y a merced de temperaturas solo alcanzables en zonas gobernadas por los Stark.
Hasta que apareció alguien (perdón por la imprecisión: su identidad no ha trascendido), un buen samaritano o una buena samaritana, que pagaba la habitación de 70 personas sin hogar… para lo que resta de semana.

Fuente: Noddus Trends >> lea el artículo original